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El fuego avanza más deprisa que la coordinación

España acumula la peor temporada de incendios de su serie reciente y la maquinaria operativa —bomberos, UME, aviones europeos— ha funcionado. Lo que ha fallado es el piso de arriba: una emergencia nacional que nadie pidió por el cauce previsto, cifras de evacuados que bailan entre administraciones y ministros repartiendo reproches con el fuego aún fuera de control.

Renato · 26 de julio de 2026 · opinion

Helicóptero Cougar naranja y verde del Ejército de Tierra en vuelo contra un cielo azul, con un cable de carga colgando, durante labores de extinción.
Imagen de archivo: helicóptero Cougar del batallón de helicópteros de emergencias del Ejército de Tierra, durante un incendio forestal en Oia (Pontevedra) en 2013. (Foto: Contando Estrelas, CC BY-SA 2.0 (Wikimedia Commons))

Cuando el incendio de la Sierra Oeste se declaró «fuera de capacidad de extinción», los bomberos, los agentes forestales, la UME y los pilotos de los Canadair europeos hicieron lo que sabían: trabajar. El piso político hizo otra cosa: discutir quién mandaba, quién pedía qué y quién tenía la culpa. Este periódico ha contado los hechos día a día; hoy toca decir lo que esos hechos, juntos, significan.

Una emergencia nacional por carta y tuit

La emergencia de interés nacional —el nivel máximo del sistema de protección civil— no la pidió Castilla y León, con Ávila ardiendo. Según documentó elDiario.es, la Junta no solicitó la Situación Operativa 3: le llegó impuesta a remolque de la petición de la Comunidad de Madrid, formulada —en palabras del delegado del Gobierno, Francisco Martín— mediante una «escueta carta con la que ha sacado un tuit». Es la primera vez que la comunidad opera bajo ese nivel por incendios; no lo activó ni en 2022 ni en 2025. El presidente Mañueco pidió «unidad y prudencia»; el ministro Óscar Puente replicó que la UME se ha convertido en «el nuevo servicio de extinción de incendios» de las autonomías del PP. Ese era el nivel del debate mientras el frente avanzaba hacia El Escorial.

El sistema de niveles de protección civil existe precisamente para lo contrario: para que la escalada de una emergencia sea un procedimiento técnico y no una partida de póker entre administraciones en la que pedir ayuda se lee como admitir derrota, y concederla, como enmendar al adversario. Si la declaración del nivel máximo depende de quién quiera cargar con el titular, el sistema está averiado.

Nadie sabía cuántos evacuados había

El día 24, el 112 ordenaba desalojos mientras elDiario.es elevaba a más de 20.000 los evacuados y el Ministerio del Interior no confirmaba la cifra. Horas después eran 45.000 entre evacuados y confinados; al día siguiente, más de 90.000, según el recuento de The Objective. Que los medios tengamos que reconstruir el dato básico de una emergencia —cuánta gente ha dejado su casa— porque ninguna administración lo centraliza en tiempo real no es un detalle: es el síntoma. La misma descoordinación que retrasa una petición de ayuda impide saber a quién se está ayudando. Hasta el puesto de mando avanzado de Cenicientos hubo de desmantelarse por el avance del propio fuego que coordinaba.

Lo estructural: apagar mucho, prevenir poco

Nada de esto es mala suerte. España llevaba a 24 de julio 114.796 hectáreas quemadas, 4,8 veces más que en el mismo periodo de 2025, con 29 grandes incendios, una veintena más que la media de la década. Y la distribución del esfuerzo público que denuncia WWF —78% del recurso a extinción, 12% a prevención— es una decisión política sostenida en el tiempo, no un accidente meteorológico. El monte se gestiona en invierno; en julio solo se hereda.

Lo que habría que arreglar

Tres cosas, y ninguna requiere esperar a la próxima catástrofe. Criterios objetivos y automáticos de escalada entre niveles, para que la declaración de una emergencia no dependa del cálculo partidista de nadie. Una autoridad única de datos en emergencias —evacuados, confinados, perímetros— que publique en tiempo real y evite el baile de cifras. Y que el debate sobre prevención se tenga en otoño, con presupuestos delante, no sobre las brasas.

La maquinaria operativa de este país ha vuelto a estar a la altura. Quienes la dirigen, no. Y conviene decirlo ahora, mientras humea: porque la experiencia enseña que, apagado el fuego, lo primero que se extingue es la vergüenza.