La imagen más nítida jamás tomada del Sol revela remolinos magnéticos
Un equipo internacional publicó el 5 de agosto de 2026 en la revista Nature la imagen de mayor resolución jamás obtenida de la superficie del Sol, captada con el telescopio Daniel K. Inouye, en Hawái. En ella aparecen remolinos de plasma de entre 25 y 170 kilómetros: la primera confirmación observacional de la inestabilidad de Kelvin-Helmholtz en la fotosfera solar.
La superficie del Sol no es una llanura de luz. Vista con detalle suficiente, es un océano de plasma —gas tan caliente que sus átomos han perdido los electrones— agitado por remolinos que nacen y se deshacen en segundos. Un equipo internacional acaba de fotografiarlos por primera vez con nitidez suficiente para identificarlos, y con ello ha confirmado una predicción teórica que llevaba décadas sin comprobarse en esa capa del Sol.
El trabajo se publicó el miércoles 5 de agosto de 2026 en un artículo de la revista Nature titulado «Ubiquitous Kelvin–Helmholtz instabilities driving plasma mixing on the Sun» («Inestabilidades de Kelvin-Helmholtz omnipresentes que impulsan la mezcla de plasma en el Sol»), firmado por doce investigadores encabezados por David Kuridze y Friedrich Wöger. El Observatorio Solar Nacional de Estados Unidos (NSO, por sus siglas en inglés) lo anunció el mismo día en una nota de prensa.
Diecinueve kilómetros de detalle en una estrella de 1,4 millones
Las observaciones se hicieron el 14 de abril de 2025, entre las 21:38 y las 21:41 UTC, sobre la región activa NOAA 14060, cerca del centro del disco solar. El instrumento fue el telescopio solar Daniel K. Inouye (DKIST), el mayor del mundo para observar el Sol, instalado cerca de la cumbre del Haleakalā, en la isla hawaiana de Maui, y operado por el NSO con financiación de la Fundación Nacional para la Ciencia estadounidense.
Su espejo de cuatro metros permitió distinguir detalles de unos 19 kilómetros sobre una estrella cuyo diámetro ronda los 1,4 millones de kilómetros. Esa cifra no es una estimación optimista: según el artículo, es el límite de difracción del telescopio a la longitud de onda empleada, 416 nanómetros —luz azul—, es decir, el máximo físico que puede alcanzar un espejo de ese tamaño.
La cámara que registró la secuencia, bautizada FastCam, es un montaje experimental construido conjuntamente por el NSO y el Instituto Max Planck de Investigación del Sistema Solar (MPS) de Gotinga (Alemania). Su sensor se leyó a 740 imágenes por segundo con exposiciones de 100 microsegundos, y el tratamiento posterior combinó 2.000 fotogramas para reconstruir cada imagen científica, una cada 2,7 segundos. Con la óptica adaptativa del telescopio —un espejo deformable que corrige en tiempo real la distorsión de la atmósfera terrestre— y esa avalancha de fotogramas, el equipo congeló una escena que cambia sin parar.
Cuarenta y siete remolinos medidos
Lo que apareció fueron torbellinos en los bordes de las concentraciones de campo magnético, allí donde el plasma caliente que asciende choca con regiones magnéticamente rígidas y se desvía. Los investigadores midieron 47 de esos vórtices: los más pequeños rozaban los 25 kilómetros —en el propio límite de resolución del telescopio— y los mayores llegaban a 170. La distancia característica entre unos y otros era de unos 65 kilómetros, y las velocidades de cizalla entre capas vecinas rondaban los 3 kilómetros por segundo.
Ese patrón es la firma de la inestabilidad de Kelvin-Helmholtz, formulada por Lord Kelvin y Hermann von Helmholtz hacia 1870: cuando dos fluidos se deslizan uno junto al otro a distinta velocidad, la frontera entre ambos se ondula hasta enrollarse en espirales, como las olas que levanta el viento sobre el mar o las nubes con forma de rompiente. Se había observado en la atmósfera de Júpiter y Saturno, en el choque del viento solar con las magnetosferas planetarias y en las capas exteriores del Sol, pero nunca con claridad en la fotosfera, la superficie visible de la estrella.
Para descartar que se tratara de simples formas llamativas, el equipo comparó las imágenes con simulaciones magnetohidrodinámicas —modelos que describen a la vez el movimiento del plasma y el campo magnético— hechas con el código MURaM, mantenido por equipos internacionales entre los que están el High Altitude Observatory (HAO) estadounidense y el propio MPS. Los modelos reprodujeron remolinos con tamaños, velocidades y comportamiento equiparables; según la nota del NSO, la distancia media entre vórtices salió entre 50 y 65 kilómetros tanto en la observación como en la simulación.
Por qué importa: la corona y las tormentas solares
El interés va más allá de la fotografía. El campo magnético del Sol puede retorcerse y trenzarse hasta acumular enormes cantidades de energía; cuando esa tensión se libera, alimenta desde fulguraciones diminutas hasta eyecciones de masa coronal —nubes de plasma y radiación lanzadas al espacio— capaces de alterar satélites, sistemas de navegación, comunicaciones y redes eléctricas si apuntan a la Tierra. Lo que no se sabía era qué origina ese trenzado. Los autores plantean que estos remolinos, presentes en cualquier punto de la superficie con campo magnético suficiente, podrían ser el motor cotidiano que lo pone en marcha. Es una hipótesis, no una conclusión cerrada: el propio artículo la formula como una posibilidad que las observaciones ahora hacen plausible.
La segunda pista apunta a un enigma más viejo. La superficie visible del Sol está a unos 5.800 grados, mientras que su atmósfera exterior, la corona, alcanza millones. Nadie ha explicado del todo cómo llega tanta energía allí arriba. «La inestabilidad de Kelvin-Helmholtz es probablemente uno de los mecanismos que contribuyen a calentar la atmósfera exterior del Sol y una parte de la solución al viejo enigma de por qué las estrellas tienen coronas a millones de grados Kelvin», sostiene Thomas Rimmele, tecnólogo jefe del NSO y coautor del estudio, en la nota del observatorio. Los investigadores admiten que aún queda por calcular cuánto calor generan realmente estos vórtices y qué peso tienen frente a otros procesos. El siguiente paso, dicen, es localizar muchos más con sistemas automáticos y medir mejor la energía que transportan.
«Solo estamos empezando a reconocer el alcance que tiene el descubrimiento de la inestabilidad de Kelvin-Helmholtz para entender la conexión entre el movimiento del plasma magnetizado y el transporte y liberación de energía hacia la atmósfera solar superior», afirma Wöger, científico sénior del NSO, en la misma nota.
Contexto
El hallazgo llega a una semana del eclipse total de sol del 12 de agosto de 2026, el primero visible desde la Península Ibérica desde 1912, para el que la NASA ha preparado un avión de investigación y una flota de globos con los que fotografiar precisamente esa corona solar que el trabajo de Kuridze y Wöger ayuda a explicar.
El telescopio Inouye se inauguró el 31 de agosto de 2022 en Haleakalā y desde entonces encadena primicias sobre el Sol, del primer mapa del campo magnético de la corona a las imágenes de mayor resolución de los bucles de una fulguración. Los datos empleados en este estudio son de acceso público en el archivo del DKIST, según el apartado de disponibilidad de datos del artículo.
Fuentes
- Kuridze, D., Wöger, F., van Noort, M. et al., «Ubiquitous Kelvin–Helmholtz instabilities driving plasma mixing on the Sun», Nature, 5 de agosto de 2026, DOI 10.1038/s41586-026-10871-3 (documento primario).
- NSF National Solar Observatory, «NSF Inouye Solar Telescope Enables Major Discovery of a Hidden Solar Process», nota de prensa, 5 de agosto de 2026.
- El Mundo, «Las imágenes más nítidas de la cara visible del Sol muestran remolinos que impulsan erupciones capaces de dañar satélites», 5 de agosto de 2026.
- elDiario.es, «La imagen más nítida de la superficie del Sol nos acerca como nunca a la predicción de las tormentas solares», 5 de agosto de 2026.