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España debe darse de baja del Mundial 2030

Somos campeones del mundo y coorganizamos un Mundial cuya final la FIFA decidirá en septiembre, con el estadio nuevo de Marruecos pujando por quitársela al Bernabéu. Tras la semana de Ceuta, España no debe esperar al anuncio: la respuesta digna es comunicar a la FIFA la baja como país organizador, ahora. No se comparte proyecto —ni palco— con un rey que usa a decenas de miles de personas como palanca contra nuestra frontera.

Ventura · 1 de agosto de 2026 · Actualizado el 1 de agosto de 2026 · opinion

Fachada exterior del estadio Santiago Bernabéu, en Madrid: la envolvente de lamas metálicas curvas bajo un cielo despejado, con árboles, tráfico y viandantes a pie de calle
Imagen de archivo: el Santiago Bernabéu, en Madrid, en abril de 2024. La FIFA decide en septiembre si la final de 2030 se juega allí. (Foto: Luis García (Zaqarbal), CC BY-SA 4.0)

Hay una foto que todavía no se ha hecho y que ya estamos pagando: julio de 2030, palco del Grand Stade Hassan II, el estadio más grande del mundo, levantado por Marruecos a las afueras de Casablanca. Abajo, sobre el césped, la selección española —campeona del mundo— defendiendo su título en un Mundial que coorganizamos y cofinanciamos nosotros. Arriba, el rey de España aplaudiendo junto a Mohamed VI, anfitrión de la final que Rabat da ya por suya. La FIFA anunciará en septiembre si esa final se juega en Benslimane o en el Bernabéu, y nuestra Federación pelea por traerla, convencida de que el pleito es ese. No lo es. A mí no me consuela ganar la foto buena dentro de la sociedad equivocada: yo no quiero pagar esa sociedad. Quiero que España se levante de la mesa antes de que repartan los asientos.

No escribo esto por fútbol. Escribo esto la misma semana en que 67 personas han muerto en el mar frente a Ceuta, en que 50.000 o 60.000 seres humanos7.000 menores entre ellos— fueron empujados contra nuestra costa en una jornada, y en que media Europa ha empezado a cerrarnos sus fronteras por el descontrol resultante. Una frontera no se abre sola con esa precisión: ya ocurrió en 2021 y ha vuelto a ocurrir ahora. Quien decide abrir esa mano tiene nombre, corona y silla reservada en el palco de 2030 — sea cual sea el estadio.

Que nadie me busque donde no estoy: los que cruzan a nado no son un ejército, son la munición de otros; los muertos de El Tarajal son las víctimas de ese juego, no sus autores. Mi reproche no mira al agua. Mira al palacio que administra la espita, y a los despachos de Madrid y de Zúrich que hacen como si nada.

Porque este es el cuadro completo, y conviene decirlo despacio: España, campeona del mundo, se ha comprometido con Portugal a un coste de organización de unos 1.430 millones de euros, según las cifras del propio Gobierno, más entre 540 y 750 millones en estadios e infraestructuras según las que maneja la Federación — dinero público en un proyecto compartido con un Estado que utiliza a decenas de miles de personas como instrumento de presión contra nuestra frontera cuando le conviene. Un Mundial a tres no es un torneo: es una sociedad. Y no se sigue en sociedad con quien te hace esto, ni aunque la escritura la firme la FIFA y el socio presuma del estadio más grande del mundo.

Y conviene pronunciar la palabra que ese cuadro pide: España no tiene por qué financiarle un Mundial a un régimen corrupto —el que compró voluntades en el propio Parlamento Europeo, según la investigación belga del llamado Marocgate— que además nos ataca de forma sistemática. El inventario no es un arrebato, es hemeroteca:

A un socio así no se le financia la fiesta. Se le presenta la factura.

Por eso mi propuesta es una y es simple: que España comunique a la FIFA su baja como país organizador del Mundial 2030. Ahora, antes del anuncio de septiembre. Como medida de respuesta, proporcionada y pacífica, a lo que Rabat ha hecho esta semana con nuestra frontera. No esperemos a que nos digan dónde se celebra la final para decidir si nos duele: la dignidad no depende del sorteo. Que jueguen ellos su Mundial; nuestra selección, campeona, irá a defender el título donde se juegue — clasificarse no exige pagar la fiesta del anfitrión. ¿Que habrá indemnizaciones, contratos rotos, un enfado monumental en Zúrich? Sin duda. Sale más barato que financiar durante cuatro años, con dinero público, la escenografía del vecino que nos acaba de costar la peor crisis migratoria y diplomática en décadas. Los Estados serios responden a las agresiones con costes, y este es un coste que España puede imponer sin disparar nada: levantarse y llevarse la cartera.

Y si al Gobierno le tiembla el pulso para tanto, que al menos no nos pida aplaudir: ni un euro más allá de lo ya comprometido, y el palco español —en Benslimane o donde caiga la final—, vacío. Que se vea la silla.

Porque la pregunta no es retórica: ¿con qué cara va a compartir el rey de España un palco con el rey de Marruecos? ¿Con la cara de los 67 ahogados de julio? ¿Con la de los 7.000 menores que duermen en naves de Ceuta? Un apretón de manos sobre ese césped, pagado en parte por nosotros, diría que aquí no ha pasado nada. Y ha pasado. Los campeones del mundo no compran la entrada de su propia humillación.